Papilo
Papilo
era un joven que vivía en la localidad de él estanque, en la zona rural de Salta, a unos 80 kilómetros de todo
rastro de urbanización. Y como toda zona
rural, tenía sus costumbres ajenas a la propia ciudad. Jugaba junto a su
hermano, mientras buscaban agua en tachos de pinturas. Su mamá, doña Remedios
los esperaban con un jarro de mate y un pedazo de bollo recién salido del horno
de barro.
Ella sabía que las cosas no
marchaban como siempre. Papilo estaba distraído en los cosas del rancho, pero
tenía la idea fija de jugar con bolillas. Pero siempre encontraba un motivo
para salir a jugar; aunque fuera un ratito.
-
Mamá!, mamá!. Ya vendo.
-
A ver si se apuran, y dejan de dar
vuelta como perro p ahecharse.
-
Ya vamos mamá!. Juntamos agua y volvemos
a meter las gallinas en el gallinero.
Y así
emprendieron con un par de tachos cada uno, la búsqueda de agua para llenar
otros dos tachos que estaban a la entrada de la casa.
-
Te dijo sopenco. Tapa el tacho.
-
Pero si lo tape.
-
No! No lo tapaste!. Esta mañana estaba
llena de cascarudos el agua.
-
Pero, ….. te juro por esta (mientras hacia una cruz con los dedos y besaba la misma) que
tape el tacho.
Y
así comenzaron a caminar rumbo al arroyo
que estaba como a unos dos
kilómetros de la casa. Lorenzo,
el hermano mayor de Papilo; se fue alejando mientras silbaba bajito. Su mamá, doña Remedio le dijo que no moleste
a la noche con ruidos a las almas que
andan por ahí. Y muchos menos al farol, que
alumbra el camino de los distraídos por la noche.
Papilo
tiro los tachos a un costado, y mientras con una mano, limpiaba la tierra, con
un palo que había cortado, marcaba la randa. Y si!, la cancha ya estaba lista
para tirar un par de bolillas. Estaba buenísimo ese teron que brillaba. Tomo la
bolilla negra (la cual no era negra, porque tenía unas pintitas blancas) y
haciendo pie con los dedos tiro a la randa y pudo sacar una, pero la negra
quedo en la ronda.
Entonces,
el otro jugador limpio a un costado de la ronda, y con sus manos quebrajeadas
por el frio, tiro sobre la ronda.
-
Para, para. No vale hacercarse tanto, para sacar las
mejores.
-
Deja. Que de esto se mucho, dijo la voz.
Y de un solo tincazo lanzo la bolilla y partio la ronda. Y junto a ella, el teron quedo partido a la mitad
-
No juego. Vas a romper todas las
bolillas. Dijo Papilo.
Pero
la voz dijo. El juego sigue y tocando a papilo por el hombro, se cayo. De
repente la voz, levanto el sombrero que cubria sus ojos y cargo al muchacho en
los hombros. Como la voz tenia una
estatura medio baja, las piernas de papilo quedban colgando, mientras era
arrastrado por la huella polvorienta.
Cuando
volvió por el lugar con los tachos, cargados de agua, encontró los tachos de su
hermano tirados al costado. Y una alpargata del jugador. Tiro los recipiente a
un costado y comenzó una carrera sin fin hacia el rancho.
Cuando
estaba llegando los perros comenzaron a aullar, la cabrera paro las orejas y
comenzó a ladrar desesperada. La madre tomo el pedazo de trapo que hacia de
repasador, se seco apenas las manos y tapo la masa pal bollo.
-
Que paso!, y Papilo!. Donde esta Papilo?
-
Ma, ma, ma. No podía pronunciar palabra
el muchacho
Y
la madre, de un golpe en la nuca lo volvió en si.
-
Habla. Que paso. Donde esta Papilo
-
La duenda, la duenda se lo llevo.
Al momento, la madre saco el
rebenque que tenia colgado detrás de la puerta, -el cual algunas veces conocía
la espalda de algún desobediente-, un poco de agua bendita que trabajo de la
última mísa donde el cura dijo. – dejen de andar buscando agua para brujerías y
que se yo.
Con el rebenque, cargo el cuchillo
de medio pelo, pero que cortaba hasta el aire. Se puso el sombrero que estaba
colgado en la puerta y con los perros a custa salio en busca del Papilo.
Cuando llegaron a la senda donde
encontró los tachos de agua medio secos, pudo ver la ronda de bolillas, unos
pedazos de piedras, un poco de barro. Y nada más. Al costado estaba la
alpargata de papilo. Esa era la alpargata, porque ya estaba medio bigotuda.
Los perros ladraban, el cabrero
aullaba, pero el más viejo de los caschis comenzó a dirigir a los otros. Y detrás
de ella la madre desesperada.
-
Yo le dijo. Te lo dijo. Dejen de joden
con las bolillas. Que la duenda anda por ahí.,
-
Pero mamá, ma…
No
lo dejo pronunciar palabras. Y continuo
con su relato. – yo te dijo. Cuida a tu hermano. La duenda anda cerca.
Se
metieron por unos yuyos, entre ramas. Los perros se adelantaron a ellos. Doña
Remedios comenzó a revoliar el rebenque, los gritos del hermano cortaban el
aire
-
Soltalo
-
Soltalo,
solta mhijo. Soltalo
Ante
el barullo y al sentir los perros encima, la duenda dejo a un lado al muchacho
y bajo la copa del sombrero. Tan pronto como iba cayendo el muchacho, el
cabrero se adelanto a todos e intento morder el
costado del poncho de la duenda.
Ella de un golpe lo lanzo contra un pedazo de rama de quebracho que
estaba muriendo.,
La
madre revolio el rebenque, y con el poncho del hermano en el brazo saco el
cuchillo. La duenda no encontró otra salida. Y
tomo su poncho. Las dos formaron una ronda, y mientras la madre no le
perdía la mirada a la duenda, está comenzó a desesperar.
Los perros, el muchacho tirado al
costado. Donde ir.
Se
produjo un silencio casi sepultural, cuando de repente el hermano de Papilo
tomo el agua bendita y le dio de beber al muchacho casi inconsciente. Entre
convulsiones, volvió en si.
A
lo lejos la madre tomo el rebenque y le asentó
un golpe por el lomo de la duenda, y esta al mismo desistió del momento.
Los otros perros comenzaron a ladrar. La
madre pego un ojo hacia los muchachos, y ante la distracción, la duenda pudo
escapar entre los yuyos.
Volvió
lentamente hacia le muchacho, tomo el cuchillo que había guardado en la baila,
y lo dirigio contra Papilo.
-
Abri la boca y besa el cuchillo en cruz.
-
Mmm. Que paso???
-
Es la duenda que te anda buscando. Te
salvaste por un pelito.
Volvieron
entre la oscuridad a la casa, y a lo lejos se podía ver la luz de un farol que
cuidada el camino. Esa noche la madre lo santiguo y le dio de beber agua del
cura.
Pero
al otro día lo llevo a Guemes, donde estaría lejos de la duenda, quien todavía
se sentida resentida por el rebencazo en el lomo.
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